
Frijol
La compañía leal del maíz que sostiene la mesa y la tierra
Genoveva De La Peña14 de mayo, 20261 min de lectura
El frijol nunca anduvo solo. En la milpa trepa por la caña del maíz y, mientras sube, fija nitrógeno en la tierra y la devuelve fértil: paga su renta antes de dar fruto. En el plato hace lo mismo que en el campo —se junta con el maíz y juntos forman una proteína completa que ningún grano logra por sí solo. Negro, bayo, flor de mayo, pinto, ayocote: hay un frijol para cada región y para cada hambre.



El frijol de la olla pide tiempo y casi nada más: agua, sal a su hora, quizá una rama de epazote, y el fuego bajo que ablanda sin prisa. Esa lentitud no es defecto sino forma; el frijol enseña que lo barato y lo nutritivo puede ser también lo más sabroso cuando se cocina con respeto. Es el alimento de los días comunes, el que no presume y siempre está.
En la dupla milenaria de maíz y frijol cabe la sabiduría nutricional de pueblos enteros que vivieron bien sin saber de aminoácidos. La caja del comedor mexicano más humilde guarda esa alianza intacta: una tortilla, una cucharada de frijol, y la certeza de que la tierra que da el maíz también da con qué acompañarlo.


