
La comida de la fiesta: cuando la cocina alimenta a doscientos
Cazuelas del tamaño de un abrazo y manos que no descansan tres días
Genoveva De La Peña23 de diciembre, 20251 min de lectura
Para la fiesta del santo, doña Carmen cocina para el pueblo entero, y eso significa cazuelas de barro tan grandes que se mueven entre dos. Tres días antes de la celebración su cocina se vuelve cuartel: mujeres que llegan a ayudar, niñas que aprenden cargando agua, el aroma del mole y el arroz que se escapa por las calles convocando a todos. Cocinar para la fiesta no es cocinar en grande: es una forma de amor colectivo que se sirve en plato hondo. Aquí nadie cobra y nadie se queda sin comer.



La comida de la fiesta tiene una matemática distinta a la comida diaria. Doña Carmen calcula por costales, por cubetas, por animales enteros, y aun así nunca falta ni sobra demasiado, como si poseyera un cálculo heredado del estómago de la comunidad. La acompañan mujeres que vienen año con año a la misma cocina, no por obligación sino por pertenencia, porque cocinar juntas para la fiesta es renovar el tejido que las hace pueblo.
Lo que se sirve ese día no es solo alimento: es reciprocidad hecha plato. Quien hoy come en la mesa de doña Carmen cocinará mañana para la fiesta del vecino, en un ciclo de dar y recibir que sostiene al pueblo más que cualquier institución. El mole, los tamales, el arroz rojo y el café de olla no se ofrecen para impresionar sino para incluir. En esa cocina entendí que dar de comer a muchos es la forma más antigua y honesta de decir: aquí cabes, aquí eres de los nuestros.


