
Las vendedoras de la calle
El comal portátil que alimenta a quien no tiene tiempo de cocinar
Genoveva De La Peña7 de febrero, 20261 min de lectura
En cada esquina hay una mujer que decidió que su cocina cabía en una mesa plegable. Antes del amanecer ya molió, ya guisó, ya cargó las cazuelas, y para cuando la calle se llena de hambre, ella tiene listo el remedio. Las vendedoras de la calle sostienen, sin contrato ni horario fijo, buena parte de la alimentación cotidiana de las ciudades. Su trabajo es invisible para las cuentas nacionales y visible para cualquiera que haya desayunado de pie, con prisa, frente a su comal.



Detrás de cada puesto hay una economía familiar entera: la receta de la madre, el capital prestado, la clientela que se hereda como un patrimonio. Lo que venden no es sólo comida; es la posibilidad de comer caliente para quien sale temprano y vuelve tarde, para quien no tiene cocina o no tiene tiempo. La vendedora es nutrióloga sin diploma, contadora sin libros, empresaria sin reconocerse como tal.
La ciudad le debe más de lo que admite. Cada vez que la regula sin entenderla, que la desaloja de su esquina, le quita el piso a una red alimentaria que funciona desde abajo. Defender a las vendedoras de la calle es defender una forma de comer que es popular, accesible y profundamente arraigada: la que sostiene, todos los días, a quienes mueven la ciudad.


