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Comida Contada
Costales de maíz y mazorcas apiladas en una bodega de abastos

El mercado de abastos al amanecer

La hora oscura en que se decide lo que comerá la ciudad

Genoveva De La Peña15 de mayo, 20261 min de lectura

Mucho antes de que la ciudad despierte, el mercado de abastos ya lleva horas trabajando. A las cuatro de la mañana los camiones descargan toneladas de lo que más tarde se llamará desayuno, comida, cena. Aquí se fija, a gritos y con linterna, el precio que la ciudad pagará sin saber que se decidió en esta penumbra. Es el corazón logístico de la alimentación urbana, y late en un horario que casi nadie ve.

Costales abiertos de maíz blanco y amarillo en una nave de abastos
El grano que sostiene la masa de mañana  ·  Central de Abasto, Ciudad de México
Diablitos cargados de verdura entre pasillos del mercado mayorista
El diablito, vehículo invisible de la ciudad
Cajas de jitomate recién bajadas de un camión
Llegaron de noche, se venden de madrugada

El mercado de abastos es una catedral del trabajo nocturno: cargadores, romaneros, bodegueros, choferes que durmieron poco y madrugaron menos. Cada caja que cruza un pasillo representa kilómetros de carretera, una cosecha de alguien lejano, una cadena de manos que casi nadie agradece. El precio que se grita aquí viajará después a los mercados de barrio, a las cocinas, a la cuenta que pagamos sin pensar de dónde vino.

Quien come en la ciudad rara vez imagina esta hora. Damos por hecho que el jitomate estará en el puesto, que el maíz no faltará, que el ciclo se cumplirá solo. Pero el ciclo no es automático: tiene rostros, sueño atrasado y una madrugada que sostiene, en silencio, el día de todos los demás.

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