
La manzanilla que arrulla
La flor diminuta a la que confiamos los miedos más viejos
Genoveva De La Peña3 de octubre, 20251 min de lectura
La manzanilla es la primera medicina que muchos recibimos, antes incluso de poder nombrarla. Cólico de recién nacido, ojo irritado, estómago revuelto, nervios de víspera: a todo eso se le ofrecía la misma flor de centro amarillo y pétalos blancos, hervida con paciencia. Es tan común que casi la despreciamos, como si lo cotidiano no pudiera ser profundo. Pero pocas plantas han acompañado tantos miedos humanos.



La manzanilla calma porque sus compuestos relajan el músculo liso del intestino y porque algunos de ellos, como la apigenina, se asoman tímidamente a los mismos receptores cerebrales donde actúan los calmantes. De ahí esa sensación de que la taza afloja un nudo invisible en el centro del cuerpo. No es un sedante poderoso, y precisamente por eso se la damos a los más frágiles: alivia sin nublar, acompaña sin imponerse.
Quizá lo más medicinal de la manzanilla sea que es la planta de la ternura. Se la ofrecemos a quien no puede dormir, a quien llora sin motivo, a la criatura que apenas llegó al mundo. En ese gesto de hervir una flor para el otro hay un cuidado que ningún laboratorio puede sintetizar. La manzanilla no solo arrulla al que la bebe: arrulla también, sin que lo notemos, a quien la prepara.


