
El trueque de la milpa
Cuando el dinero estorba y la cosecha se cambia por cosecha
Genoveva De La Peña18 de marzo, 20261 min de lectura
Antes que la moneda existió el trueque, y en muchas comunidades nunca dejó de existir del todo. Quien siembra calabaza tiene de sobra calabaza y le falta chile; quien cría gallinas tiene huevo y le falta maíz. El intercambio directo resuelve esa asimetría sin que el dinero medie, y al hacerlo conserva una economía donde el valor lo fija el hambre real, no el mercado. La milpa, que mezcla maíz, frijol y calabaza, enseña esa misma lógica de complementos.



En los trueques que aún sobreviven —el de Zacualpan, el de Tepoztlán en Semana Santa— no hay caja registradora ni precios escritos: hay equivalencias que se acuerdan mirando el producto, sopesándolo, midiéndolo contra el propio. Cambiar tres elotes por un manojo de cilantro es un acto de confianza tanto como de comercio, porque ambas partes apuestan a que el otro juega limpio. El trueque es economía, sí, pero también es un tejido social que el dinero, por su frialdad, no sabe coser.
Quienes truecan defienden algo más que un ahorro: defienden la soberanía de su despensa. Mientras puedan cambiar lo que cosechan por lo que les falta, no dependen del precio que se grita en la central de abastos ni de la cadena que nunca controlaron. La milpa, generosa por diseño, hizo del intercambio una forma de libertad.


