
En la casa de Cuernavaca, la cocina era el centro de algo que yo entonces no sabía nombrar.
Parecía hecha para mi abuela: una mujer alta, hermosa, fuerte, con una personalidad que llenaba el espacio antes incluso de que empezaran los aromas. Tenía, justo en medio, una mesa fija de ladrillos recubierta de azulejos poblanos, como un altar luminoso sobre el que ella hacía su magia, su alquimia de frutas, verduras, especias y colores.
Cocinaba sin escatimar, como si la abundancia fuera una forma de cariño; no le tenía miedo a la pimienta. Para mí, esa mesa era enorme: tenía que subirme a un banco para alcanzar el mundo que sucedía encima. Desde esa altura prestada, la miraba trabajar con sus uñas perfectamente pintadas de rojo, su collar de perlas, sus manos decididas mezclando ingredientes como quien conoce un secreto antiguo.
Me dejaba cortar cuadritos de calabaza, de plátano, de piña, esparcir los chícharos en la cazuela y yo sentía que me permitía entrar en sus invenciones preciosas, me volvía su cómplice, su aprendiz de bruja en ese reino íntimo donde cocinar no era sólo preparar comida, sino transformar lo cotidiano en abundancia, la abundancia en belleza, y la cocina entera en un territorio de misterio.
Hoy, después de muchos años en los que la vida se llevó mi infancia y también la ilusión intacta de la felicidad, los sabores del “pollo tapado” me devuelven un poco de ese mundo perdido. Me traen la luz de Cuernavaca, las manos de mi abuela, el ruido familiar de una casa viva. Y aunque el tiempo se haya llevado tanto, aunque muchas cosas se hayan ido para siempre, en cada bocado queda algo: una alegría antigua, una forma de amor, una memoria tibia que todavía sabe encontrarme.
Mini Caire / CDMX


