
Lo conocí por accidente y desde entonces, nunca he dejado de comerlo.
Casi todos los alimentos son parte de la cultura en la que crecimos. Yo conocí el caimito a mis 33 años, antes nunca lo había probado. Me vinieron 3 en una bolsa aparte conocida como “pilón” que en México es usual recibir de regalo cuando has hecho una buena compra de otros productos. Me la regaló Luis, propietario de la Frutería “El Primo” (Calle 48 esquina con 55, Centro).
Cuando trabajaba dando clases en una escuela de arte, siempre salía a media mañana a comprar una fruta, un xec o xe'ek', (mezcla de varias frutas o verduras) o algún jugo natural. “El Primo” era el único expendio de comida saludable a la redonda.
Cuando llegué a mi cocina lo descubrí, con cuidado lo analicé y me llamó la atención que al abrirlo, derramaba una especie de leche blanca muy pegajosa. Lo probé y encontré una fruta de sabor delicioso y consistencia desconocida hasta entonces. La leche pegosteosa se escurría y hacía que los labios se te quedaran pegados. Extraña textura de pulpa jugosa y dulce. Color morado por fuera y blanco hasta llegar a un tono casi transparente en el interior. Así conocí el caimito, que se cosecha de febrero a junio y contiene vitaminas A, B y C, además de calcio y fósforo. En Yucatán se consume en temporada por su sabor y sus propiedades medicinales. Yo lo como porque me gusta haberlo descubierto como una revelación de la naturaleza.
Pertenece a la familia de las sapotáceas y sus semillas son de tres colores: negro, blanco y una línea rosa mexicano. Se cortan por la mitad y al centro aparece una estrella blanca, que hacia las orillas se va convirtiendo en morado intenso. He observado que si lo metes al refrigerador y lo consumes frío, disminuye la leche o latex que brota de adentro.
Como huach, arraigada en Yucatán, fui descubriendo otras frutas locales como el ciricote, la huaya, la anona, etc, pero ninguna como el caimito. Cuando migramos, aparece en nuestro nuevo lugar un mosaico de colores, olores, sabores y consistencias nuevas que se van integrando a nuestra dieta cotidiana y nos invitan a pertenecer. Si vienen en tiempo de cosecha, les puedo dar a probar un delicioso caimito.
Genoveva De La Peña / CDMX


