
Comer es el acto más ordinario que llevamos a cabo los seres humanos.
Simples o sofisticados, los alimentos se comen igual. Los masticamos, los integramos, los desechamos. Si son buenos los disfrutamos y, en el mejor de los casos nos nutren.
La comida es un recordatorio de que podemos elegir. O al menos, eso pensamos. Comer ya no es tanto un acto de libertad, como de disponibilidad. Cada vez más, todos comemos lo mismo. La globalización alimentaria cobra terreno en cada esquina. La alimentación ya depende poco de lo que nos da la tierra, o de la identidad, o de la época del año, o siquiera del tiempo de maduración o cocción de un alimento. A veces, ya ni del propio gusto.
Ojalá que tengamos el tiempo de revisar qué comemos y si ES VERDAD que es lo que pensamos que estamos comiendo. Hoy todo es de prisa. Parece que ya no hay tiempo ni para el primordial e insustituible acto de comer.
Imagino aquí como un territorio libre, espontáneo, creativo y sincero para hablar de comida. No es un espacio académico y lo único que aquí se invita a probar son historias y, a otro nivel, (si los preparas), los platillos descritos en ellas.
Las personas participan con relatos que describen sus quehaceres y pasiones, a veces coinciden. Estos relatos tienen en común mucha comida, desde la tierra y la semilla hasta la cucharada o la mordida. Tienen la impronta del tiempo, de oficios, técnicas, procesos y también de lugares, recuerdos, sensaciones y sentimientos. Te invito a leerlos.