
Todo empezó con una llama que alguien encendió en el Paleolítico. Ese momento, ese instante en que un cazador acercó un pedazo de carne a las brasas y esperó, inició la historia de lo que somos.
Alrededor del fuego se organizó la vida en común. Se compartía el calor, se repartía la comida, se contaban historias. La fogata no era solo el lugar donde se cocinaba: era el primer espacio social, el antepasado primero de cualquier mesa. Reunirse a comer algo caliente fue la primera forma de hacer comunidad.
El fuego sigue siendo el corazón de una cocina. Cada vez que algo se dora, se cuece, se tuesta, se carameliza, se tatema, estamos repitiendo, sin saberlo, lo más antiguo que tenemos.