
Me sentaba en un banquito mientras mi madre preparaba Fesenjoon.
Primero tostaba las nueces, llenando la cocina con su aroma cálido y amargo. Luego atornillaba el viejo molinillo de metal al borde de la barra de la cocina y las pasaba, girando la manivela hasta que caían en el tazón como una harina café, muy fina.
Mezclaba las nueces con melaza de granada y azúcar, y luego formaba a mano las pequeñas albóndigas, una por una, antes de echarlas a la olla.
Mientras se cocinaba, el guiso se iba haciendo espeso, oscuro y, para mí, extremadamente feo, casi como un lodo de color café.
Nunca pude entender cómo algo que se veía tan terrible podía saber tan delicioso.
Era muy laborioso, así que rara vez lo preparaba, aunque sabía que era mi plato favorito. Cuando estaba listo, lo servía sobre arroz y ponía el plato delante de mí.
Incluso entonces, entendía que el amor no siempre aparece ante nosotros de forma hermosa.
Pej Behdarvand / Teheran, Irán


